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El Optimismo y el Pesimismo en el Emprendedor

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El Optimismo y el Pesimismo en el Emprendedor

Publicado el: 25 junio, 2015
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El Emprendedor debe ser una persona que lleve el Optimismo en el corazón y el Pesimismo en la cabeza.

No existe nadie en este mundo que pueda ser calificado exclusivamente como Optimista o Pesimista. Todos los seres humanos son una u otra cosa en diferentes momentos y situaciones de la vida. El optimismo y el pesimismo no son condiciones de Ser, son características relacionadas con el Hacer, en este caso con la forma de Ver las cosas.

El Optimismo es  una “Tendencia o Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más favorable” y el Pesimismo una “Tendencia o Propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable”.

Ambas constituyen una forma de VER y JUZGAR.

La riqueza y el entendimiento profundo de los términos se encuentran  al desagregarlos: la referencia al hecho de VER hace alusión esencialmente a un acontecimiento futuro y la de JUZGAR, a la forma en que se Valora esto mismo que se Ve. Todo concluye por Verse y Juzgarse de forma más o menos Favorable para los intereses que están en juego.

El optimismo y el pesimismo constituyen una forma de visualizar las cosas que sucederán en el futuro y calificarlas de acuerdo a la percepción de los efectos que puedan provocar.

Desde este punto no es posible calificar a una persona de Optimista o Pesimista como característica de lo que Él es, sino del juicio que tiene sobre las cosas que visualiza. Por otra parte NADIE puede  visualizar todas las cosas permanentemente Favorables o Desfavorables porque en algunos casos serán de una manera y en otras situaciones serán de otra.

En el emprendimiento acontecerán cosas buenas y malas. Cuando se prevea la existencia de las primeras corresponderá ser Optimista y cuando se estime la existencia de las segundas corresponderá ser Pesimista.

El Emprendedor, como todas las personas en la vida, DEBE ser Optimista y Pesimista en función de las circunstancias. El problema en esto no radica precisamente en que no sea capaz de ser Optimista, más bien en que no quiera ser Pesimista.

Por consideraciones culturales altamente arraigadas en sociedades como las nuestras, las personas son formadas bajo la premisa que el Pesimismo es malo y negativo,  y por lo tanto no constituye un aspecto en el que corresponda hallar virtud. Por otra parte, la posibilidad de ser el “eterno Optimista” se fomenta y se premia explícitamente. De esta clasificación emergen muchísimos “optimistas funcionales” y algunos “pesimistas estructurales”, los primeros clasificados entre lo “normal y deseable” y los segundos no.

Los “optimistas funcionales” no necesariamente explican su condición en la Visión Favorable de las cosas, más bien en el hecho de no ser Pesimistas. Y los “pesimistas estructurales”, que en esencia sólo pecan de ver y juzgar algunas cosas No Favorables, son muchas veces considerados anatema.

Por causa de esta formación que se inicia en los pañales y concluye dejando su sello profundo en la niñez y la juventud temprana, una cantidad innumerable de personas se sienten cohibidas de manifestar un pesimismo franco y útil.

Hay mucha más posibilidad que una persona que se declare Optimista en una entrevista de trabajo consiga el empleo a que lo haga una que se declare Pesimista. Aunque nadie puede declarar como “su estado” uno u otro caso,  hay muchas más personas que quisieran verse caminando por las calles con un cartelito que diga Persona Optimista y no otro que diga Soy Pesimista.

Esta realidad impide que las personas, en la vida y en los negocios, tengan capacidad “natural” para ver y juzgar los aspectos desfavorables que puedan acontecer, y con ello se propende a cometer más errores y aumentar los riesgos.

La evaluación Pesimista de las cosas activa la cautela, la moderación,  y por otra parte mantiene encendidos sistemas de alerta que en mucho pueden ser de beneficio para el tratamiento de ciertas cosas. Tiende a que se incorpore más acción y más trabajo en el sistema con mayor precaución y cuidado. Ninguna de estas medidas es mala, por el contrario. Nada de esto condiciona negativamente la forma en la que se conduce la vida o el Negocio. La evaluación Pesimista puede efectivamente reducir el ritmo en el que se llevan adelante ciertas cosas, pero lo reducirá en la lógica de evitar una colisión en el camino o mayor pérdida de tiempo por efecto de situaciones desfavorables. En el viejo cuento de la carrera entre la liebre y la tortuga no gana ésta como consecuencia de ninguna actitud pesimista, gana porque sostiene un ritmo más constante y seguro.

¡El Emprendedor tiene que ser Pesimista, por supuesto!,  porque Optimista seguro ya es como persona y profesional desde etapas tempranas de su formación. Pero Pesimista debe serlo, y con mucho esmero. La vida de los negocios no es sencilla, los obstáculos pueblan el camino y la “propensión de ver y juzgar las cosas desde su ángulo más desfavorable” sirve para dimensionar, sopesar y atacar las dificultades. Sirve, en resumen, para estar preparado y actuar de acuerdo a las exigencias que la situación plantee.

Esto no quiere decir que el Emprendedor o cualquier otra persona deba  interpretar las cosas siempre desde la arista desfavorable, ¡por supuesto que no!, lo importante es que lo haga de una forma tan natural como la que lo motiva a ver las cosas desde el ángulo favorable, es decir ser Pesimista es tan natural y tan bueno como ser Optimista.

Probablemente para ésa tranquilidad de Espíritu que juega un papel fundamental en la vida, debiera decirse finalmente que el Emprendedor debe llevar el Optimismo en el corazón y el Pesimismo en la cabeza.

Es natural y sano el deseo de ver e interpretar las cosas desde una perspectiva alentadora,  y en ello debe meterse el Emprendedor de corazón. Íntimamente debe esperar que las cosas salgan bien siempre, ésta es una forma de respaldar la confianza y sostener el poder que existe en cualquier profesión de fe.  Y por otra parte debe ser muy cauteloso y precavido desde la dimensión intelectual para visualizar los desafíos que presenta el futuro.

Optimista de corazón (primero) y Pesimista en la razón (luego). De este equilibrio emerge el mejor juicio y fundamento para actuar.

Algunos de los hombres más grandes que ha conocido la humanidad no sólo eran unos manifiestos Pesimistas, de hecho eran conocidos por pronosticar sistemáticamente un conjunto de fatalidades en su futuro para no cometer errores en decisiones importantes y tener respuestas concretas ante imponderables. Napoleón decía lo siguiente: “No hay hombre más pusilánime que yo cuando preparo un plan militar; aumento todos los peligros y todos los males posibles según las circunstancias. Me hundo en una agitación penosa. Soy como una joven que da a luz. Sin embargo, esto no me priva de aparecer bastante sereno ante las personas que me rodean. Cuando he tomado mi decisión, todo queda olvidado, menos lo que pueda hacerla triunfar”.

Otra cosa completamente distinta son ésas personas que se autodenominan  REALISTAS.  A diferencia del Optimista o el Pesimista, la persona “realista” carece de Visión, actúa sobre la inmediatez, condicionado muchas veces por el criterio obtuso de que “no vale la pena ni ser optimista ni pesimista”, respetan en extremo las condiciones imperantes, con sus pequeñas o grandes posibilidades.

Las personas Pesimistas sí tienen Visión, seguramente una que no se ajusta a un estado deseable de las cosas, pero en definitiva una Visión que anticipa algo; en cambio las personas “realistas” carecen de Visión,  positiva o negativa, se desenvuelven entre los márgenes estrechos de la coyuntura y de lo que perciben los sentidos básicos.

Estas personas son una molestia porque son incapaces de proyectar nada hacia adelante,  niegan en el  hombre ésa capacidad natural que tiene de ver más allá de lo que pueden hacerlo los animales más elementales. Entre visiones absurdas de Realismo el hombre nunca hubiera llegado al estado en el que hoy se encuentra. El progreso y el desarrollo formarían parte del azar y se estaría quitando el natural deseo de cambiar las cosas y de ser parte condicionante de los cambios.

Por último, el Pesimismo y el Optimismo no tienen nada que ver con lo Positivo o lo Negativo.  No existe una relación ontológica entre Optimismo y Positivismo o Pesimismo y Negativismo.

Lo positivo y lo negativo están relacionados al SER de las personas, no necesariamente a la forma de ver y juzgar las cosas que pueden pasar en el futuro. La gente positiva tiene una forma de procesar y canalizar su energía muy diferente a la persona de actitud negativa. Una persona positiva puede ser optimista o pesimista en su interpretación del porvenir, pero mantendrá ante éste una actitud energética, en tanto que la persona negativa carece de la fuerza, del ánimo e incluso del espíritu para hacer las cosas, aún aquellas que puedan presentarse favorables.

Personas negativas no pueden existir en el círculo de trabajo del Emprendedor. La energía en esta tarea lo es todo. Y vectores de energía como el buen ánimo, el entusiasmo, la predisposición, etc., no se encuentran presentes casi nunca en personas negativas. Es posible que alguien afirme que al fin y al cabo con puro entusiasmo o buen ánimo no se desarrolla un negocio, y estará en lo correcto, pero así también es cierto que sin ellos aún la mera consideración de formar un emprendimiento no es posible.

Y por último no se trata de establecer que tanto aporte pueda tener una actitud positiva, se trata más bien de establecer el alto costo que tiene una actitud negativa. Ser positivo cuesta muy poco, ser una persona negativa cuesta una vida entera de infortunios.

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